Todos los veranos intentamos pasar unos días en el pueblo. Poder disfrutar de un patio grande, con tierra de verdad, piedras y hierbajos es una auténtica gozada. Y la manguera y el viejo columpio... ¡dan un juego que no veas!
Lo bueno es que esto sí lo disfrutamos todos los miembros de la familia, porque el pobre Homer no se pudo venir a Menorca. Aunque buscamos un alojamiento donde se permitían mascotas, en el último momento nos dio pánico embarcar en el avión a nuestro perro por lo mal que lo pudiera pasar, pero sobretodo por miedo a que lo extraviaran. Así pues, nuestro querido perro se quedó con sus abuelos. Y, en compensación, nosotros nos quedamos con el perrito de mis padres mientras ellos se fueron de viaje. Y así todos contentos.



No hay comentarios:
Publicar un comentario