Esta ha sido una noche muy larga. Empecé soñando que estaba con mi madre, mi hermana y mi hija bañándonos en el mar Mediterraneo. Estábamos en un banco de arena por lo que el agua no cubría y aunque estábamos cerca de la orilla, había un trocito a nado. Yo llevaba a mi hija en brazos todo el tiempo. Lo estábamos pasando bien y entonces vimos que se aproximaba a nosotras una orca. Sí, una orca. Y al principio nos hizo ilusión. La orca nadaba en círculos a nuestro alrededor y nosotras la contemplábamos fascinadas por su inmensidad y su belleza. Pero entonces, de repente, recuerdo que hay orcas que también se alimentan de mamíferos marinos y pienso, aterrorizada, que somos un manjar para ella. Uno de los mayores miedos que tengo es morir devorada. Es un miedo absurdo, pues las probabilidades de morir devorada con la vida que yo llevo son realmente muy pocas, por no decir ínfimas. Esto hace que lo pase realmente mal cuando pienso en tiburones, cocodrilos (especialmente temo a estos réptiles) y también orcas. El hecho de que sean animales que viven en un medio (el acuático) en el que yo no tengo posibilidad de escapar me aterroriza todavía más. El caso es que en el sueño me doy cuenta de que somos víctimas potenciales, pero parezco ser la única. Ni mi madre ni mi hermana se inmutan y yo empiezo a pensar, muy angustiada, cómo podemos llegar a la costa sin ser devoradas. El hecho es que también me atormenta la idea de que las orcas son capaces de saltar hasta la orilla para cazar y empienzo a creer que en realidad la orca nos puede atacar en cualquier momento, aunque estemos en el banco de arena que hasta ese momento me parecía seguro. En ese instante me depierto, y al volverme a dormir vuelvo a soñar con una secuencia similar.
En fin, el resultado de esto es que hoy mi concentración es muy escasa y que me siento muy cansada e insegura con todo, pese a ser esta inseguridad producto de la vivencia soñada.
La mente es, a veces, realmente extraña.

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