miércoles, 23 de febrero de 2011

La primera noche

La primera noche que fui madre estaba en un hospital. Recuerdo que no podía casi ni levantarme de la cama, me sentía muy pesada y los puntos de la episiotomía me dolían horrores. Júlia no paraba de llorar. Intentaba acunarla, pero el dolor de los puntos me lo impedía. La metía en la cunita y la movía, pero lloraba todavía más. Solo quería estar en brazos. Al final me tumbé en la cama, me desnudé de cintura para arriba y coloqué a mi niña encima mío, entre mis dos pechos calientes. La arropé y se quedó profundamente dormida. No habrían pasado ni diez minutos desde que había descubierto el poder del piel con piel cuando vino una enfermera y me dijo que se la tenía que llevar a hacerle algo, no recuerdo el qué, pero era un procedimiento de rutina. Yo le dije que se acababa de dormir. La enfermera cogió a mi hija sin preguntarme y me repitió que se la tenía que llevar. No supe reaccionar. ¿Tan importante era esa revisión de rutina? ¿No se podía hacer en la misma habitación?
La segunda noche Júlia se durmió en seguida y la puse en la cunita. Me sentía torpe en esa cama tan alta y me daba miedo quedarme dormida y que se cayera la niña al suelo.  Me dormí y, de repente, me desperté sobresaltada. La niña no estaba en su cuna. Llamé a la enfermera y pregunté por mi hija. Se la habían vuelto a llevar para la revisión de rutina. Yo comprendo que son todo protocolos, que a veces por lo comunes que son no nos cuestionamos el procedimiento. En aquel momento yo me sentí tonta, no me atrevía a expresar el enfado que me supuso el hecho de que se llevaran a mi hija de mi lado sin pedirme permiso. A día de hoy ya no me siento tonta, sino indignada porque fui ninguneada. Porque en muchos hospitales las mujeres siguen siendo ninguneadas. Ya no solo porque hacen con nuestros cuerpos lo que se les antoja, sin preguntar y sin informar. Sino porque con hechos como el anterior no se respeta a la madre como madre. A día de hoy no me imagino que nadie se lleve a mi hija de mi lado sin pedirme permiso, o como mínimo, sin informarme.
Cuando comparto esta experiencia hay personas que no pueden evitar mirarme con la ceja levantada, pero lo cierto es que no comprendo como hemos llegado a normalizar comportamientos que no son nada normales.

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