Estos días ando releyendo "La Maternidad y el encuentro con la propia sombra" de Laura Gutman. Ayer en el autobús medio ojeaba aquella parte que dice que es necesario poner palabras a lo que sentimos para así ser capaces de ayudar a nuestros hijos a que pongan palabras en aquello que están sintiendo. Como ejemplo explicaba el caso de un niño que tropieza, se hace daño y entonces llora. La madre le dice, intentando tranquilizarlo, que no pasa nada. ¿Cómo que no pasa nada? ¿Entonces eso que siente no es válido? El niño se descoloca, la rodilla le duele pero no pasa nada, aquello que siente no es real porque mamá así lo dice y mamá siempre sabe lo que dice... Quizá hubiera sido mejor decirle al niño que comprendemos que se ha lastimado y que le duele, pero que seguramente en un rato el dolor pasará porque el golpe no ha sido demasiado fuerte. De ese modo se le está mostrando al niño comprensión por lo que siente y, a la vez, se le está tranquilizando y ayudando a relativizar la situación, pero sin menospreciar su propia experiencia de dolor.
El caso es que pensando en esta necesidad de poner palabras a lo que sentimos caí en la cuenta de que hacer esto no es siempre tan sencillo. En primer lugar porque muchas veces no sabemos exactamente lo que sentimos. Y por otra parte, porque a menudo no encontramos las palabras necesarias para hacerlo... pero si no encontramos las palabras que nos permitan reordenar nuestros sentimientos no seremos capaces de analizarlos y de comprenderlos. Así pues, poner palabras es fundamental. Ahora bien, ¿porqué tanta dificultad? En clase nos comentó una profesora que vivíamos una época de "desemparaulament" (desconozco el término en castellano, quizá sería "despalabramiento" ...pero me suena extraño). Esta época se ha visto propiciada por la preminencia del lenguaje lógico, funcional y científico. Vivimos en una sociedad donde solo a lo racional se le da crédito. Solo aquello empíricamente demostrable tiene valor. Y estos valores quedan impresos en el lenguaje, ya que al fin y al cabo es lo que estructura el pensamiento. Esto ha derivado en un declive del lenguaje simbólico (el de la poesía, el del arte y también el de la religión). Es cierto que los adjetivos que usamos son más bien simplistas y escasos. Yen el mundo cotidiano casi han desaparecido las frases hechas, los refranes, las metáforas, etc. Así pues, se dice que estamos viviendo una época de "desemparaulament". Esta falta de transmisión de un lenguaje no funcional, no directo y no consumible, ha provocado que las nuevas generaciones estén (o hayamos) construido nuestro pensamiento con unos parámetros en los que no somos capaces de ir más allá de lo que es meramente funcional y externo. Y quizá este planteamiento esté relacionado con lo que la gurú Gutman nos explicaba: la necesidad de nombrar aquello que nos pasa para poder ser más conscientes de nosotros mismos, de aquello no funcional y mucho menos lógico que reside en el interior de todos nosotros. La maternidad supone una oportunidad única para plantearse todo aquello a lo que ella llama "sombras", darles un nombre, recolocarlas donde les corresponda y ser capaces de seguir adelante con mucha más luz y serenidad en nuestras vidas.

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